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Pecesita buena (Parte 2)

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Pecesita Voladora



Una hora más tarde. . .


La tipa llegó ¡y yo estaba enfurruñada!
ENFURRUÑADA: Del femenino enojada, molesta, cagada, emperrada etc. . .

Salimos, y caminamos unos 800 m para llegar a una Soriana y comprar la lotería con la cual rifaríamos los regalos. Al llegar, dejamos la barney-bolsa en paquetería y fuimos en busca de la dichosa lotería, buscamos, buscamos y buscamos pero no habían loterías en toda la tienda, y un empleado nos mostró lo que parecía ser una lotería grabada en servilletas. La compramos.

Recogimos la barney-bolsa, ya muy contentas, tomamos un taxi, y le dimos la dirección al chofer, mientras que Gándara volteó a verme con un aire desepcionado:

GANDARA-Weey ... estamos bieen pendejas.
PEZ-No, yo no, tú, quién sabe...
G-No tonta, !mira¡, ¡las servilletas tienen la misma tabla de lotería!.
P-Damn... pues... entonces lanzamos los objetos al aire y el abuelito que lo cache primero se lo gana.
G-¡¿Qué?!
P-Nada wey, pues los regalamos y ya.

Treinta pesos más tarde. . . el chofer nos dejó en la puerta de lo que parecía ser un asilo. Tocamos la puerta, y una enfermera nos recibió:

Pez -Ya llegamos :D!
Enf. -¿Y ustedes son . . .?
Pez -Venimos de la preparatoria X para hacer un trabajo social.
Enf. -Pero necesitan sacar cita.
Pez -Ya lo hicimos.
Enf. -Aquí no.
Pez -¿Qué aquí no es "La estancia para el adulto mayor"?
Enf. -No.
Pez - ¡¡Mierda!!

Subimos a otro taxi, le contamos lo sucedido al chofer, él arrancó el auto, aceleró una cuadra a la derecha, una izquierda, y detuvo el auto.

-Son siete pesos
-¡¿Qué?!
-Estábamos a dos cuadras.
-Oh... gracias.

Debo confesar que sentí nervios, de no saber lo que les diría a los ancianos, de no saber cómo iba tratarlos o qué preguntarles, sentí miedo de quedar en ridículo parada ante todos sin saber qué decir.

Al entrar, el lugar olía un poco mal, pero estaba más preocupada por lo que les diríamos, pues ellos esperaban escuchar algo de nosotras, un saludo, una presentación o una clase de entretenimiento, pero cuando la enfermera nos dirigió a la sala donde se encontraban todos reunidos y los vi, sentí escalofríos. Yo me habría imaginado a muchos abuelos con quién hablar, bromear y compartir anécdotas, me habría imaginado a un anciano que me invitaba a comer galletas mientras me contaba sobre su infancia, y eso era lo que yo deseaba, pero al verlos, no pude evitar sentir una tristeza porque sabía que no podría hacer lo que deseaba, porque tal vez no me escucharían, o no me entenderían. Pues la mayoría de ellos se encontraba en estado vegetativo, con el televisor encendido, y la mirada puesta al techo.

Traté de no doblarme, e intenté hacer bien lo que fuera que hiciera, después de todo, estaba hablando de mi calificación, y me puse a platicar con una anciana, mientras mi amiga charlaba con alguien más.

Ella me habló de su juvetud, de su quince años, yo le conté del mío, y me platicó sobre su boda, cómo había tenido que huir de la casa de sus ricos padres para casarse con la persona que ella amaba, me habló de sus hijos, de los cumpleaños que ella misma les planeaba, de viejos amigos, y la música que le gustaba, de bailes, de gente, y de cómo sus hijos la fueron abandonando poco a poco, después de la muerte de su esposo, de cómo la habían metido en ése sitio olvidandose de ella, y dejándola morir sola, viviendo solo de sus recuerdos.

Yo quería cambiar el tema pero me sentía tan impotente como para siquiera emitir un ruido. Le sonreí y dije: -Traje regalos. Ella rió, corrió a la mesa comedor para esperar a que yo abriera la caja, mi amiga acercó a la anciana con la que charlaba, y la enfermera acercó a otra más. Puse los objetos sobre la mesa y muy emocionadas eligieron lo que más les gustaba. Terminamos con los obsequios y nos despedimos, salimos del lugar y mi amiga se veía tan indiferente que no me atreví a decirle cómo me sentía.

Caminamos un momento, ella no dejaba de quejarse del olor del sitio, yo la escuchaba en silencio.

Yo no podía dejar de pensar, ni de sentir nostalgia por ello. Por un lado, en cierto modo me la había pasado bien, debo aceptar que hubo un momento en el que olvidé por completo el motivo de mi visita, y no recordé mi calificación, sino que estaba tan entusiasmada escuchando las anécdotas de las ancianas, que me sentí parte de ellas, parte de la historia, y me sentí necesitada, en algún modo extraño sentí la necesidad y la ansiedad por parte de ellas para ser escuchadas, para ser atendidas, queridas.

Al salir del lugar, noté cómo la anciana con la que había hablado tanto adoptaba una expresión triste, no me atreví a decirle que volvería, y solo me fui.

¿Creen que estuvo mal? Es decir, yo sé que sí, porque a pesar de haber convivido agradablemente con las abuelas, de haberme divertido, para mi ellas no serían más que "un extra" en mi anti/rutinaria vida, ellas al no tener más gente con quién charlar, y las únicas personas con las que pueden tener contacto tarde o temprano mueren, sus amigos, los que se van, los que llegan, todos mueren, y es inevitable darse cuenta de ello. En esas vidas, tan monótonas, una visita de unas bachilleres que más que por "buena voluntad" las visitaron por una "buena calificación" pudieran encariñarse de ellas, e incluso extrañarlas, como personas y no en cambio, como un objeto de superación.

Sí, ésto me entristece mucho, también pensé en visitarlas más seguido, pero. . . creo que no soy tan fuerte, no soy tan fuerte como para tomarle cariño a tantas personas y observar como todas tarde o temprano se van. No soy tan fuerte como para lidiar con la muerte tan seguido, no soy tan fuerte como creí que era.

7 sabios comentando:

El Ser Supremo dijo...

La pez para premio nobel de paz!, la nueva PerEZa de Calcuta, chale que feo, yo por eso morire a los 60...

Alfredo dijo...

D: ... waaa pez ... no tengo palabras para decir ... espero no le hayas dicho el pk de tu visita kisas seria mas dificil para ella digerirlo aunke am no lo se .. nos encontramos con cada mente tan buena onda y otra mas tan desconfiada pero bueno ._. asi son las cosas pecesita ... llegamos a este mundo rodeados de gente.. y nos vamos solo y olvidados ._.

Danielov dijo...

¡Vuelve! Pobrecitos viejecitos.

Yo hace siete años según tomé la consigna de ir a visitar regularmente a una viejita sola en un asilo cerca de casa de mis papás... y no lo hice hasta que supe que falleció. Qué gacho.

O como mi abuelita, que sabiendo que de repente le hago a la oratoria, siempre quiso escucharme discursar. Cuando tuve la oportunidad de hacerlo en el pueblo en que vive, estaba ya tan enferma que no pudo asistir. Siempre me quedé con la espinita de no haberle dado ese mismo discurso en vivo, allí en su casa, para dejarla contenta. Después ya no tuve chance.

Vas a ver, ya me pusiste triste, bujujuju.

NayoBlogger dijo...

Regresa! Ademas, eso que de "no soy tan fuerte como creia" patrañas, regresa, porque quizas te arrepientas.

M A M B A dijo...

Yo también apoyo la idea de que regreses, de todas formas tratar de evitar encariñarte con la gente no sirve de mucho, pues si te das cuenta, la única forma de no sufrir jamás por la pérdida de alguien es simple y sencillamente no convivir con nadie.

Además, no hay edad para morir...

Khristi dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Khristi dijo...

Yo solo he ido una vez a un asilo y sí, es fuerte ver cómo viven los viejitos abandonados. Y son tantos...

Muy triste. Y aunque sería bueno que si está en tu deseo volver, lo hicieras, es mejor hacer en tu familia... es lo que les falta hacer a los familiares de esos viejitos.